¡Los Hombres No Lloran!

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¡Los Hombres No Lloran!

Para entender la sexualidad masculina es necesario, primero, entender el papel que la sociedad ha dado a los hombres. Al hombre se le inculca, desde muy pequeño, que debe imponerse por la fuerza; que debe conquistar sus triunfos activamente; que es superior a la mujer en todos los sentidos, menos en su capacidad paternal y en su capacidad afectiva; que debe mantener a la familia económicamente y, por tanto, debe dedicar gran parte de su energía a ser productivo en el área laboral. Nuestra sociedad no aprecia al hombre por lo sensitivo ni lo emocional sino por su fuerza física y su valor “económico”. Al varón se le enseña a no expresar sus emociones, no se le permite llorar, arrullar a un bebé, mostrar sensibilidad o miedo. Tampoco se le permite servir a una mujer o ayudarla en los quehaceres domésticos.

Las expectativas sociales convierten al hombre en un agresor sexual mientras a la mujer la hacen pasiva y receptora. El hombre, en nuestra sociedad, es visto como muy sexuado y la mujer como poco sexuada. Todos estos patrones sociales han hecho que los hombres así como nosotras las mujeres sufran las consecuencias de la poca información sexual que se les ha dado.

Por ejemplo, cuando un joven experimenta su primera eyaculación sin saber lo que ésta significa y no pregunta por vergüenza, queda en él  la sensación de que la eyaculación es simplemente una sensación de placer y no la relaciona con la paternidad; dejando un vacío de conocimientos muy difícil de llenar. Igualmente, no es raro aún en esta época, oír en algunos hogares que el padre lleva a sus hijos varones a un prostíbulo para que se inicien sexualmente. O que se les presiona para que tengan relaciones con varias muchachas, manteniendo así la idea que los varones deben tener relaciones sexuales a toda costa y que para ello no es necesario el afecto. Estas experiencias de sexualidad usadas como expresión de “capacidad” en vez de afecto hacen que los hombres aprendan a ser “egoístas” en sus relaciones sexuales con las mujeres, es decir, a no considerar a la mujer como una persona sexual y a creer que su propio placer es más importante que el de la mujer durante la relación sexual.

Esta forma de aprendizaje sexual  a hecho mucho daño tanto a hombres como a mujeres; ya que ambos buscan compartir con parejas que puedan ofrecerles tanto un disfrute sexual como una seguridad emocional. Por eso debemos convencernos de que la esencia emocional y sexual del hombre y la mujer son idénticas: ambos necesitamos dar y recibir afecto tanto emocional como físico.

Claudia Campos .MHS

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